El cielo parecía un hipopótamo (argumentando al borde del precipicio)

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October 14, 2014 by Aleko de Planeta Lem

“No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar” (Albert Camus)

2002 estaba en pañales, el primer invierno de mi nueva vida se encontraba en su punto álgido. Seguíamos viviendo en la calle Tallers, la calle de los discos y de los instrumentos musicales. El entresuelo que alquilábamos ya no era la suerte de club social y centro cultural espontáneo que había sido durante el verano. Ahora era un sitio muy oscuro que siempre parecía estar sucio, aún en esas raras ocasiones en que lo limpiábamos. La vivienda en cuestión contaba con dos ambientes que daban a la calle – nuestras respectivas habitaciones- y otras dos más, pequeñas, que realquilábamos para compartir gastos. Realquilar…otra actividad ilegal muy conveniente para la subsistencia, como la venta callejera de cerveza y el pasar la gorra después de cantar. No es que nos dedicásemos a lo ilegal por gusto sino porque el sistema, al declararnos ilegales, no nos dejaba más opciones. Ya ves…

Así la conocí. Una nueva inquilina que no llegó a dormir en su habitación ni la primera noche. Un par de semanas más tarde nos considerábamos “de novios”, o al menos eso llegamos a decirnos. Estuvimos juntos casi tres meses. No nos amábamos, pero creíamos hacerlo, nos empeñábamos. La mexicana y yo.

Lo que me interesa contar es la ruptura, el game over, el final de la relación. La cosa empezó dos días antes en el bar donde ella trabajaba sirviendo copas, cuando presencié unas miradas entre ella y un conocido del barrio. Unas miradas que iluminaron el garito, unas miradas cargadas de hormigueos y complicidad. Era un miércoles de estiércoles. Al día siguiente mi instinto me hizo volver al bar por la tarde, en un horario poco habitual. Ahí los encontré, disfrutando del cortejo, radiantes. De más está decir que mi aparición fue un baldazo de agua helada. Él no aguantó mi mirada, me saludó nervioso mientras agachaba la cabeza y salió a la calle, huyendo. Ella vino hacia a mí exagerando su infalible sonrisa. En vano intentaba disimular la alarma que su mirada alojaba. Entonces lo tuve claro, era un jueves de heces. Las cartas ya estaban echadas.

Esa noche nos pusimos los cuernos, mutuamente, quizás al mismo tiempo. Ella con este galante francés y yo con una gallega mágica que había conocido por la calle, un par de días antes. No pude confirmarlo hasta el día siguiente pero estaba seguro de lo que pasaba, seguro de verdad. No es por excusarme, pero saber con antelación que ella lo haría (si no lo había hecho ya) propició que yo también calentara sábanas ajenas. Llegamos así al punto culminante, al viernes de mierda. Como casi siempre, dormí hasta muy tarde, me levanté, desayuné un plato de espaguetis, me duché, me metí un par de cafés en el cuerpo a modo de postre y me encaminé hacia el bar. Unos quince metros antes de llegar, se interpuso en mi camino un colega marroquí. Un tipo muy peculiar que es cocinero, luchador grecorromano, modelo, percusionista, traficante menor, trapecista, y violento (en estricto orden alfabético). No sé… eso es lo que dice él, al menos a mí me consta que es las últimas cuatro cosas. Nunca lo vi cocinar, ni modelar, ni grecorromanear.

Me molesta que la mujer de un colega divierte con otro. ¡Eso está muy malo! ¡Muy malo!– disparó a mansalva; y no dijo más. Nos quedamos algunos segundos en silencio, uno frente al otro, mirándonos a los ojos, hasta que se oyó un trueno. Fue el trueno más simbólico de mi vida. El cielo parecía un hipopótamo, iba a llover. El colega miró para arriba, murmuró algo en árabe y de un bolsillo sacó un par de porros apagados. Cogió uno, lo encendió y con un gesto me lo ofreció. Hice un “no” con la cabeza y sin haberle dicho una sola palabra reanudé mi camino. Entré al bar, no había clientes, sólo ella.

Me recibió con un beso rutinario y su sonrisa ex infalible; yo estaba como ausente. – ¿Qué te pasa? – me preguntó. Le expliqué lo que acababan de decirme. Entonces, sin darme tiempo a reaccionar cogió una botella y se teletransportó a la calle, gritando. Cuando salí, ella ya estaba casi encima del colega, insultándolo y agitando la botella, amenazante. Él le quitó la potencial arma de la mano enseguida y ella, no menos ágil, le estampó una trompada en la nariz. Una buena trompada. Sin darle tiempo a los segunderos de los relojes del mundo entero a moverse tres veces, ella hizo un giro de ciento ochenta grados y volvió a meterse en el bar. Todo sucedió muy rápidamente y ahí estábamos nuevamente, en el mismo lugar que hacía unos instantes, el marroquí grecorromano y yo. Pero ahora, a él le sangraba la nariz. El infierno me miraba a través de sus ojos. Apretaba tanto los puños y los dientes que creo que cambió la presión atmosférica. Finalmente dijo – La voy a matar – emanando un nivel de credibilidad preocupantemente alto. Entonces hice un esfuerzo mental épico e intenté hipnotizarlo. No lo logré, pero casi, porque al rato conseguí convencerlo de que no valía la pena devolverle el golpe. Le preocupaba mucho que alguien pudiera haber visto la escena pero le aseguré que no había testigos. Una mujer lo había golpeado y para él eso era inadmisible. Enfurecido, me hablaba del honor y de cosas de esas. Decía que un hombre no puede dejar pasar algo así. Yo retrucaba que más hombre es aquel que sabe aguantarse y reprimir su furia. Entonces le expliqué lo que iba a pasar si él la atacaba. Yo inevitablemente intervendría, entonces él tendría que matarnos a los dos y eso sería un desenlace de mierda para todos. Estuvimos un rato así, argumentando al borde del precipicio. Finalmente cedió y se marchó; y yo, recobrando la circulación de la sangre, volví a entrar al puto bar.

A partir de aquí no recuerdo exactamente todo lo que pasó pero básicamente le dije que sabía que me había engañado y que yo también lo había hecho. La reciprocidad del pecado la pilló por sorpresa y terminó confesándolo todo. En eso estaba cuando entró un grupo de turistas, clientes. Entonces salí del bar. Me fui.

Al día siguiente simplemente podríamos habernos dicho – Pues eso, adiós. – pero empezamos a discutir, a romper lentamente. Un show que duró demasiadas horas. Que no, que sí, que no, que sí. Demasiadas horas así, demasiado rato de función…la defunción de un amor. Big batalla de corazones, nadie gana. Un derroche absurdo de pasión. Las últimas horas del drama las pasamos en la playa. Fuimos allí para hablar, como si hubiera algo que salvar. Caminando hacia el Mediterráneo, primero nos cruzamos con ella (la otra) y un rato más tarde con él (el otro)…coincidencias, digamos. Aunque sería más fácil verlo como una señal…o como la primera señal del día.

Ya en la playa, había unos niños con nuestros mismos nombres. Lo fuerte no es sólo ese hecho sino sobre todo que nos enterásemos, que los oyéramos llamándose. Nos hicimos una foto, nuestra última foto, con ellos. Al rato nos acercamos más al agua. El mar trajo una manzana mordida hasta nosotros, casi a nuestros pies. Una manzana mordida…demasiado simbólico todo, muchas horas, mucho sufrimiento, muchísimo amor, supuestamente. Una tontería. ¿Cómo se entiende lo que no tiene explicación?

Finalmente, después de la tormenta en la habitación y de la calma en la playa, de las declaraciones más profundas y de los deseos de salir adelante juntos olvidándolo todo, ella concluyó que prefería mi ausencia a mi presencia. O sea, que prefería estar con él. Y ya está. Doler, dolió, pero una cosa positiva floreció sorpresivamente en mí: cierta paz. El corazón destrozado, destronado, inclusive destornado (que es una palabra que no existe pero que debería), la cabeza padeciendo sin dar crédito, pero a la vez siendo invadido poco a poco por refrescantes olas de paz…curiosa sensación.

Así que hasta ahí habíamos llegado. Una nueva etapa comenzaba para mí, con veintisiete años recién cumplidos y la libertad flameando nuevamente en el mástil desesperado de mi amor. Era el final de un mal sueño. Había sido un intento, mutuo, de mitigar el sentimiento de soledad que suele acosar al inmigrante; pero no estábamos hechos el uno para el otro, ni de lejos.

 

(Nota desde el futuro: Algunos meses después del hecho que aquí he relatado, tanto ella como yo, nos casamos con las personas con las cuales nos habíamos sido infieles aquella noche. Así que, al menos para mí, fue un final muy propicio. Lo deberían enseñar en las escuelas: Todo final es un principio.)

 

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