El año que simulé trabajar.

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September 2, 2015 by Aleko de Planeta Lem

La vida es una chispa entre dos nadas” (Sartre)

 

Ando paseando por Buenos Aires. Esta tarde me he tomado un rato para estar a solas con mi antigua ciudad, para caminarla y sentirla. He vuelto al país que me vio nacer y donde viví hasta que cumplí veintiséis años con el fin de visitar a mi familia y amigos, y para hacer conciertos aquí en Capital, en Córdoba y en San Luis. De repente entro a un bar, reconozco el sitio y me asalta el recuerdo de mi último empleo en esta urbe. Antes de este último curro en Argentina -que ahora intentaré explicar- trabajé casi siete años en otra empresa. Mi experiencia allí también fue bastante inconcebible, pero para evitar posibles consecuencias inconvenientes creo que será mejor dejar pasar otra década más antes de contarla. La cuestión es que cuando me fui de ésta me contrataron, también como vendedor (comercial), en una empresa nueva. Mi flamante empleo consistía en visitar bares y restaurantes de la ciudad y venderles vasos, tazas, cucharas, tenedores, platos, etc. Con un maletín negro y vestido de traje, durante los primeros meses del año 2000 visité con regularidad cientos de bares y restaurantes. Mi sueldo sería un 10% de lo que vendiera, al margen de que se me aseguraba un fijo de 600$. O sea que si vendía de 0 a 6000$ en mercadería, ganaría 600$. A partir de los 6000$ vendidos, mi sueldo comenzaría a superar los 600$. La calidad y el precio de nuestros productos eran bastante competitivos así que supuse que podría ganar 1000$ o más al mes. Eso nunca sucedió.

Durante los primeros meses hice varias ventas y conseguí algunos clientes importantes pero a medida que pasaba el tiempo fui dándome cuenta de lo que estaba sucediendo: Mi jefe boicoteaba casi todas las ventas. El hombre boicoteaba su propia empresa – era el dueño – y boicoteándonos así jodía mis posibilidades de ganar un buen sueldo. Lo hacía con excusas incomprensibles, con tardanzas injustificables a la hora de hacer las entregas y hasta con ausencias en reuniones que yo había conseguido con potenciales grandes clientes. Eran reuniones a las que yo me ofrecía a ir y él me respondía que yo no tenía la experiencia suficiente para negociar, que lo haría él…y luego no se presentaba a la reunión. Entonces llegó el momento en que decidí dejar de esforzarme. Estaba claro que la patología de mi jefe no me permitiría nunca superar los 600$ que me pagaba como sueldo-base. Lo más honrado, supongo, hubiera sido renunciar, pero no lo hice. Seguí cobrando mi sueldo durante varios meses más prácticamente sin trabajar. En parte, pude hacer esto gracias a su negativa a comprarme un celular (teléfono móvil). Yo no tenía y él pretendía que consiguiera uno para así poder comunicarnos en cualquier momento de la jornada. Ninguno de los dos dio el brazo a torcer, afortunadamente. Finalmente acordamos que yo lo llamaría todos los días dos veces; una vez a las ocho de la mañana (para explicarle mis planes) y otra, a las cinco de la tarde (para informarle acerca de cómo había ido la faena). Y así lo hice.

Por esa época yo pasaba muchas noches en lo de una amiga escuchando música, mirando videoclips, escribiendo canciones y poemas, y explorando algo completamente nuevo para mí: internet. Ella tenía un buen ordenador y conexión a la red como parte de pago por su trabajo, que consistía en tener cuatro cámaras filmando el interior de su casa. Cámaras a las que cierta gente, previo pago, podía acceder vía internet y así ver en directo su vida…y durante un tiempo, también la mía. No eran vídeos, eran imágenes fijas, cuatro fotos que se actualizaban cada dos minutos. ¿La prehistoria del Gran Hermano? Afortunadamente no entraba en el pack ver el baño ni la cama, estos dos lugares permanecían en el ámbito de lo privado. Nos pasábamos las noches despiertos. En general, yo intentaba que no se me viera mucho la cara para que nadie pudiera reconocerme, pero al estar las pequeñas cámaras fijas en las paredes y funcionando todo el tiempo era muy fácil olvidarse de ellas. Cada día a las ocho de la mañana llamaba a mi patrón y luego me acostaba a dormir. A las dos o tres de la tarde nos levantábamos y al rato me ponía el traje para ir a hacer el segundo llamado telefónico. Siempre me ponía el traje porque existía la posibilidad de encontrarme con él, y en general iba a tal o cual barrio para llamarlo desde un teléfono público. Hacía esto porque en su teléfono él podía ver desde qué número lo llamaba, y por el prefijo sabría en qué barrio me encontraba. Y si, por ejemplo, yo le había dicho que ese día iría al centro, por la tarde tenía que llamarlo desde allí. Unas pocas tardes lo llamé desde mi casa argumentando que no había encontrado ningún teléfono que funcionase por la zona, pero este era un recurso del que no cabía abusar. Un par de veces sucedió que me dijo “estoy cerca, esperame en tal esquina así tomamos un café y me contás.” Por suerte no le interesaba mucho el parte, si no la movida hubiera sido insostenible. Yo le contaba lo que supuestamente había pasado durante la jornada y en seguida la conversación se iba por las ramas.

Fue una época muy loca, la única de mi vida en la que mentí a diario. Se me mezclaban la culpa y la lástima con algo de resentimiento, ya que mi plan original era trabajar y ganar un buen sueldo. Me sentía incómodo y como si viviera en una película; el subidón de adrenalina era considerable. Él se quejaba de mis pocas ventas y me decía que no lo podía entender mientras yo pensaba que lo que no se podía entender era que él había jodido todas las ventas – algunas bastante importantes – que yo había hecho durante los primeros meses. A veces, en medio de la bronca que me estaba echando cambiaba radicalmente la cara y me preguntaba algo acerca de alguna canción mía, ya que le gustaba mi música. Solía hacer observaciones bastante interesantes acerca de mis letras, por cierto. Se notaba que las había escuchado atentamente y que había pensado en ellas. Era una situación muy desconcertante, bastante surrealista.

Finalmente llegó el día en que me dijo “no podemos seguir así, te tengo que echar”. Obviamente yo no opuse resistencia, dije que lo entendía y le agradecí por el tiempo que me había empleado. Creo que él sabía más o menos lo que estaba pasando y hasta en algún punto creo que inclusive se alegraba de no prosperar como empresario. De sus palabras podía deducirse que él se estaba dedicando a esta actividad por presión familiar, no por ganas o convicción. A menudo me decía que yo tenía muchísima suerte por poder dedicarme a lo que me gustaba (en teoría sólo fuera del horario laboral) y yo le respondía que lo veía más como una decisión que como una suerte. Me alegré bastante cuando me enteré que poco tiempo después cerró la empresa y se fue a cumplir su sueño: puso un bar de playa en Brasil.

Cuando me echó entendí que debía apostar todas las fichas a mi pasión, a la música. Mi despido – lógico, inevitable e inclusive necesario – fue la gota que rebalsó el vaso: hizo que me encerrara todo el verano a grabar un disco (“Infierno”, el segundo de GoLem) y que, medio año después, me subiera a un avión con una mochila en la espalda dispuesto a vivir de mis canciones en Barcelona.

(Nota final, para mi apreciado exjefe: Espero que nunca leas este relato, pero si hubiera sucedido que de algún modo llegaste hasta aquí, quiero que sepas que lo siento. No estoy completamente en paz con el hecho de haber actuado así, de haberte transformado en un mecenas involuntario en lugar de renunciar al trabajo cuando tuve claro que no querías que la empresa funcionase. Fue una de las dos cosas más deshonestas que hice en mi vida. De la otra no me ha quedado mal sabor pero de esta, un poco sí. No podemos borrar el pasado pero podemos aprender de él. El que haya pasado por esta vida sin hacer alguna cagada que tire la primera piedra. Espero que estés bien y te deseo lo mejor.)

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3 thoughts on “El año que simulé trabajar.

  1. Estas aca aleko??? Te quiero ver!!!!

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