Fred Astaire y el oso-víbora (Las turbulencias de rigor)

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August 1, 2017 by Aleko de Planeta Lem

Hasta luego amor, hasta luego calor, hasta luego Argentina. El avión acaba de despegar…con cinco horas de retraso. El piloto de la aeronave no habla correctamente ningún idioma pero eso no le impide impostar una voz entre porno y tonta al dirigirse a los que estamos aquí sentados. Barrido vertical constante, colores ultra saturados…los monitores funcionan como el culo; nos dirigimos a Barcelona pero el mapa en ellos marca la distancia a Menorca. El error humano también está presente, evidentemente. Me persigno imaginariamente pese a no creer en las cualidades mágicas de este gesto. Hay muchos niños pequeños que no me molestan demasiado con sus berrinches. Viajo en la fila central de cuatro asientos, entre tres tíos. Los dos que tengo a mi derecha dormitan. El que está a mi izquierda lee un periódico e invade mi espacio vital con su brazo caliente. La tripulación queda a vuestra entera disposición para cualquier inquietud, dice un hijo de puta a través del sistema de megafonía. No lo llamo hijo de puta por algo personal; lo hago simbólicamente, a cambio de las cinco horas que me han robado. Emocionado hasta los dientes me dirijo a mi otro país. Llevo una muela nueva y doble ciudadanía.

Hay varias mujeres guapas a bordo. No me sirve de mucho, estoy enamorado hasta las pestañas, hasta mi muela artificial, hasta los trenes de aterrizaje, hasta los niños llorando. Despegamos hace un rato y esto ya huele bastante feo. El 70% de los pasajeros perece estar de mal humor. Vuelve a hablar el piloto, dice que se llama Horacio. Mientras pienso ojalá que Horacio sepa hacer bien su trabajo comienza a emanar del techo un viento congelado, un aire acondicionado agresivo como un oso-víbora…que en este momento nos salva la vida. Hay poco oxígeno en el avión. O mucho olor a pie. Aún no se me ha secado la transpiración pero necesito ponerme una bufanda; de cero a cien sin pasar por ningún lado. Los niños se ponen a correr por los pasillos. Eso me gusta.

Mi madre me ha preparado dos sándwiches. Mi madre es lo mejor del mundo. Mi padre, también. Y a otro nivel, también está la chica esa que se ha quedado en Buenos aires. Me ha escrito una carta, que leí hace un rato. Desde el otro lado del pasillo una señora me miraba y probablemente se preguntaba por qué lloraba. Por qué lloraba yo, no ella. Ella miraba y yo lloraba. Los dos hacíamos lo nuestro reservadamente, como si no lo estuviéramos haciendo. Ahora me refugio en lo que escribo desde la considerable incomodidad de mi asiento. Las azafatas reparten formularios para los extra-comunitarios… ¡Resulta que ahora soy comunitario! Tengo dos pasaportes en el bolsillo. Uno es azul y el otro, morado. O violáceo. O quizás bordeaux. Tengo treinta y cuatro años y recién este año la chica que se quedó en Buenos Aires me hizo notar que soy un poco daltónico. No se lo creo del todo…pero se lo creo un poco. La percepción es algo muy personal. Como el olor a pie aquí reinante.

Me duele levemente la muñeca a causa de estar escribiendo en esta posición incómoda. Los asientos no son grandes y están demasiado cerca unos de otros. A quién corresponda: ¡Miserables! Por suerte, este viaje BSAS-BCN es directo…¡y gratis! Ok, tengo que quejarme menos: ¡Hoy no tengo que llenar el formulario y encima vuelo gratis! Bueno…digo gratis porque se lo “regalaron” a mis padres con los puntos de la tarjeta de crédito. Aunque como bien se sabe, el sistema no te regala nada. De algún modo lo pagaron, cargando gasolina en los dos coches que usan para trabajar y pagándola con tarjeta, etc. Pero a veces te toca una cafetera y esta vez un pasaje intercontinental ida y vuelta. No está nada mal. Este adorable cuaderno de ochenta hojas sin renglones en el que estoy escribiendo también fue gratis…o algo así. Fue un robo pasivo, como prefiero llamarlo. Me encantan sus páginas casi blancas por cuya superficie el bolígrafo se desliza como Fred Astaire en el día de su cumpleaños. Lo adquirí en el gran bazar chino que tengo frente al piso que alquilo en El Clot. Juro que pretendía comprarlo, junto a una resma de cuatrocientas hojas A4, pero cuando fui a pagar quedó ensangüichado entre la mesa y la resma. El de la caja no lo vio y yo no hice alusión a él. Conclusión: sólo me cobró la resma. Fue un robo pasivo en toda regla, pero como soy cliente habitual y ellos no son de los que destacan por sus precios bajos ni por su buen trato, y sobre todo apoyándome en la excusa de aquella vez que me jodieron negándose a hacerme un cambio que hubiera sido totalmente justificado, decidí tomarme este suceso como una “promoción especial”. También podríamos verlo como un regalo involuntario, o una reparación inconsciente.

El tío que tengo a mi derecha está leyendo de reojo lo que escribo. En un vano intento por evitarlo, me muevo todo lo que puedo: poquísimo. Nos habla el comandante otra vez. Dice que 950 km por hora, que 40ºC bajo cero y algo de sobrevolando el territorio brasileño; todo esto con voz de anuncio de línea erótica. Querido Horacio…esperemos que seas buen piloto. Cada tanto cierro el cuaderno un rato, empiezo a aburrirme y vuelvo a abrirlo. Lo estoy estrenando hoy, entintándolo de a ratos. La tinta se desliza por el papel como el oso-víbora de Fred Ataire robado pasivamente en el día de su cumpleaños. Me aburro, ergo escribo. O sea, me pongo a garabatear palabras cuando recién empieza a asomarse lo que parece ser la sombra del aburrimiento. Hay veces que pienso que en realidad no conozco el aburrimiento; es casi un mito, para mí. Tengo demasiadas boludeces en la cabeza como para sentir eso. Y hablando de sentir…hay olor a comida. Qué bueno. No me gusta la comida basura pero sí la del avión. ¡Menuda contradicción! Prefiero las contradicciones a la comida basura. Prefiero liberar un par de lágrimas cuando mis entrañas me lo piden y después seguir avanzando. Prefiero padecer el abuso constante de las líneas aéreas que quedarme anclado en tierra. Me gusta navegar pero no tengo la agenda como para atravesar el océano en barco. A no ser que fuera un barco-estudio donde pudiera mezclar el segundo álbum de Planeta Lem. El disco ya está grabado y ahora toca mezclarlo, que básicamente significa poner cada elemento de cada canción en “su lugar” haciendo malabares con sus frecuencias, volúmenes, posición en el estéreo, etc. En Barcelona me esperan canciones ansiosas por ser mezcladas, mis gatos y mis amigos. No necesariamente en ese orden.

Estaremos aquí arriba doce horas y pico. La tinta irá matando los minutos en el cielo. Esta tinta negra en particular, habita un bolígrafo que pone “signo 0.7”; regalo de mi padre. Cuando él lo compró no era un bolígrafo, era una birome. Cosas de la relatividad lingüística… Levanto la vista. La señora que antes me vio llorar, ahora me ve escribir. Debido a la posición de la escritura, valga la inexactitud expresiva reinante, me duele el dorso de la mano. Si es que se entiende el dorso de la mano como la contracara de la palma. … La contra mano de la inexactitud con la que fluyo por escrito como Fred Astaire en el día de su funeral. Aunque pensándolo mejor, surcando los cielos a estas alturas sería de buen gusto no abordar el tema de la muerte. Sí, está decidido: mejor no abordo la muerte a bordo. No vaya a ser que la inexactitud de la contracara de las toneladas del metal volador me impida un día aprender a escribir con decencia, así como sé recibir regalos voluntarios o no, como sé robar pasivamente desde mi aparente daltonismo, como sé emocionarme y enamorarme, y que aquí el tufo corporal del pasaje ha sido felizmente superado por el olor a comida basura, ay qué rica, amén. ¿Pollo o pasta? Pollo, por favor. ¿De beber? Vino tinto y agua, gracias. Cenamos. Estuvo bastante bien, como siempre, sobre todo por entretenido. Después fuimos todos al baño y luego a sentarnos rápidamente, culpa de las turbulencias de rigor. No sé si figura entre las leyes de Murphy, pero para que haya turbulencias sólo necesito decidir estirar las piernas o ir al W.C.

Este avión no está dotado de pantallas personales detrás de cada asiento. En este, tras la cena ponen una película y la ves como puedas dependiendo de tu ubicación con respecto a las pantallas que hay cada cinco o seis metros (esos monitores de colores ultra saturados de los que hablaba al principio). ¿Qué toca ver hoy? “All about Steve”, se llama… Más allá de la calidad de la pieza en cuestión (¡madre mía!), sucede que ya la vi hace veinte días en el avión que me llevó de Barcelona a Buenos Aires.

Estoy escribiendo mientras escucho música. Se complica un poco, me desconcentro. Voy a poner Kind of blue, de Miles Davis, que es un disco tan mágico que me sumerge en otro mundo mientras casi me olvido de que está sonando. Es probable que esté molestando un poco con mi luz encendida a algunos de mis desconocidos compis de viaje, pero también hay alguien que no le está pidiendo permiso a nadie para emanar unos gases altamente desagradables y aquí estoy yo, aguantándolos sin insultar entre dientes. Son los gajes de la convivencia. Escribo y escribo, pero pierdo el hilo. Esto se debe a que no dejo de escuchar música. Es un hecho: todo no se puede. Y cuántas más cosas a la vez hago, peor me salen. Mas…¿se trata de hacerlo óptimamente o se trata de disfrutar? En este caso, me inclino por lo segundo; despreocupadamente, aquí en el cielo, alejándome del verano y del amor. Me pregunto si el tío que cada tanto echa un vistazo disimulado a mi cuaderno habrá llegado a leer la parte en la que hablaba de él. ¡Hola, compañero de vuelo! … Me parece que ahora duerme. Voy a intentar hacer lo mismo.

He dormido unas seis horas, durante las cuales me desperté muchas veces para moverme lo poco que podía y enseguida volver a al mundo de los sueños. Cada vez que me despertaba sonaba en mi cabeza una parte concreta de una canción de Elbicho. Es como si tuviera música funcional dentro: lo que oigo cuando estoy entrando en el sueño casi siempre vuelve cuando me despierto. Suele ser una parte bastante corta, y me pregunto si será que no dejo de imaginarla mientras duermo… Espero que no; prefiero pensar que cuando vuelvo a la conciencia, la fonola/DJ de mi mente quita automáticamente el pause, reanuda el play y recién entonces vuelve la frase, el loop.

La vez que me desperté y decidí no seguir apolillando, según los monitores sobrevolábamos Marrakech. (Una ciudad fascinante que supo conquistarme, por cierto.) Estuve leyendo durante un par de horas y luego, escuchando música. Apagué mi reproductor de mp3 justo cuando empezaba a sonar The real thing, de U2. Acto seguido, me quité los auriculares y…¿qué sonaba en la cabina del gran pájaro de fierro? ¡Sonaba un remix de la misma canción! Es muy fuerte, ¿no? Porque no estamos hablando de una canción de moda ni actual, estamos hablando de un tema que data de hace casi veinte años, y que ni siquiera fue un hit.  Me pareció una gran casualidad…otra más, de tantas que abundan ornamentando periódicamente mis días. Por cierto, si alguien lee esto y le sobra tiempo y ganas de cultivarse, que consulte la palabra “casualidad” en el diccionario. Se suele decir “las casualidades no existen, todo sucede por algo”. Pues resulta que esa frase es absurda. Como Fred Astaire pasando de cero a cien en las turbulencias del cumpleaños con olor a pie de un oso-víbora llamado Horacio.

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